Me gusta mucho pasearme por esta soledad. Entrar en algún viejo diálogo olvidado y releerlo, pausado, con valetudinario temblor. Puede que de forma distraída, pero también con una emoción mal domeñada que se hunde en un tiempo habitado por falaces incantaciones. Corregir melancólicamente una o dos comas, si acaso. Sin cambiar nada más, porque todo debe permanecer intocado hasta que el humus, la tierra y el moho pudran los otrora exuberantes árboles que ahora están marchitos, deshojados, al fin desfallecidos. Intocados hasta que el robín inexorable de los días los oculte para siempre mientras me repliego y me acurruco en los rincones de este bosque gélido donde el filoso viento ulula sin descanso, en los meandros de estas diatribas fluviales que quisieron ser embravecidas y que han devenido susurrantes, emblandecidas, amansadas por el dulzor de los miasmas. Hasta que eso ocurra, el escaso murmullo de las aguas sólo me habla a mí, sólo yo entiendo su música enfermiza, sólo yo acudo a su atrayente y deletérea caricia. Sólo yo recorro, desde hace tiempo, con escalofríos de placer y temor, las alamedas del léxico; sólo yo me adentro en los parterres de la sintaxis; sólo yo aspiro el aroma ponzoñoso y vermífugo de los arrayanes del estilo. Sólo yo, deliciosamente perdido en la torturada maleza salvaje, recuerdo los días del esplendor en la hierba para maldecirlos sin esperanza antes de caer rendido a su irresistible influjo.
Recupero, al albur, el sentido de alguna frase oscura vertida en charlas incógnitas. Allí donde ya nadie llega. El confín de las palabras. Lanzadas a la cruel lejanía por el inconstante y caprichoso lebeche. Imagino cómo hubiera podido seguir con su paremia o rebatir la extranjera argucia el temeroso o exhausto contertulio; lamento las ocasiones perdidas por los indolentes; saboreo el bullicioso intercambio de réplicas que todavía resuenan, tonantes, en los abandonados patios donde antes brotaba la especiosa y envanecida inflorescencia de la vida. Confieso, empero, sin culpa, que prefiero esta muerte callada que apacigua los deseos, atempera las inquietudes y da descanso al fuego del infierno que habita en las almas de los insaciables hombres.
Lloro en silencio ante lo que se perdió para siempre, destruido por una majestad atrabiliaria que no sabía, aturdida, lo que hacía. Paso los dedos por los agujeros de la hueca trama, sintiendo con congoja el áspero roce, mientras me digo: aquí estaba su demanda esperanzada, aquí mi orgullosa respuesta, aquí compartimos las trincheras del idioma, aquí velamos armas de azogue y aquí, ay, nuestras almas se disolvieron en ceniza. Me duele más perder tus mensajes, diosa, que perderte a ti, puesto que a la postre sé que nunca te tuve. No hay consuelo si no hay memoria y los leves retazos que conservo se desvanecerán como gaviotas en las nubes de tormenta, sin el ancla reconfortante de nuestra eléctrica rendición.
Río, sin embargo, cuando paseo por las torres todavía inhiestas, órganos vigilantes de mi ardiente juventud, hace ya tan largo tiempo ida. Recorro las almenas alborozado, mientras descubro hermosas pepitas de oro, bruñidas, relucientes como las mejores joyas de la saga de más abolengo de la región de las letras. En ese momento sé que la luz llegó hasta el fondo de la insalubre espelunca.
Ahora sólo existo aquí. Vivo aquí. No me interesa el mundo exterior, ahíto de desafueros. No creo siquiera que sea el real como algunos, fascinados por el espejismo, aseguran. Tampoco me conmueven las noveles lecturas y escritos, hijos también de la mundana ambición. Sólo me gusta este vacío. Amo a los no-escritores, los no-lectores, que se asoman como yo sin decir nada a este lugar baldío, silenciosos, meditabundos, ensimismados en su sopor ágrafo. Los veo pasar como sombras apenadas y les otorgo mi muda bendición. Deseo su redención, pero no sus palabras. Me bastan con las que ya poseo para siempre.
