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Tanatos |
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Por cierto, gracias por lo del nombre.
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Tanatos |
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Hoy Blues Catanzzaro he leído tu relato "Me ha crecido una cala en el vientre" pese a haberlo leído antes nunca había
ido a ponerte un comentario. La verdad qeu es un texto muy bueno y que se queda ahí, ondeando eternamente. Me ha gustado encontrar en las valoraciones a mucha
gente de la que hace tiempo no sé nada y a los que quizá no llegase a leer demasiado como Onubense, Dimitri Kirilenko, Trasgu y
alguno más. Un saludo muy fuerte.
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Yllera |
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Las aguas vuelven a su cauce. Encontraré la soledad perfecta que tanto he buscado y que he postergado con una cortesía que está fuera de la vida y lo normal.
Fuera de la moda. La que sigue mandando en el exterior y que no vale aquí, territorio donde las almas vienen a probar su coraza de jinetes intrépidos o sus
armas de miembros de la batida. Cazadores, guerreros, daos la vuelta antes de entrar. Aprended de los sufrimientos ajenos. Ninguno sois capaces de soportar el
dolor que aquí podéis paceder cuando seais descubiertos, puestos a la intemperie y descortezados. Nada habrá más lacerante que sentir vuestra adorada obra
vapuleada por el guardián de las sombras. Lo repito: dejadme solo. Este territorio es mío. Sólo yo he hecho los méritos suficientes para gobernarlo.
(18/03/2009: corrección de una horripilante tilde sobre la palabra "solo" cuando es adjetivo que me ha tenido un día desasosegado hasta que he caído en la cuenta del motivo)
Última vez editado por: Yllera
03/18/09 12:00:14.
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Tanatos |
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yllera, déjanos juzgar las razones por las que mereces esta soledad.
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Yllera |
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¿Por qué insistes? No tengo nada más que decirte.
Última vez editado por: Yllera
03/18/09 12:20:33.
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Tanatos |
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Si sientes que no tienes que decir nada entonces no lo hagas. En ese caso se acabó, tan solo esperaba algo más de ti.
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Yllera |
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Haces que me sienta mal, pero: estoy seguro de que es como dices.
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Yllera |
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Hubo un tiempo en el que una persona, una de las más enganchadas a esta página, intentó sicoanalizarme a distancia. O algo parecido, que tampoco estoy seguro de qué iba el juego. El caso es que, sin sofá y de forma más bien brusca - cierto que justificada, pues según dijo más tarde no estaba el horno para delicadezas-, quería extirparme el superego mientras yo dudaba de que entre mis entretelas albergara tan extraño ente. El objetivo era, al parecer, revelar de forma categórica mis ocultas tendencias resbaladizas. Yo me resistí cuanto pude, más que nada porque no encontraba nada digno de mención en el lado oscuro de mi alma, lugar escasamente hollado, ni siquiera en mis ratos libres más tediosos, y más bien mortecino. No me quedó claro si mi laxitud llegó al extremo de decepcionar su interés. Finalmente, me convenció para que escribiera un texto ad hoc en un cuaderno recientemente inaugurado. Me costaba en aquellos días no entrar al trapo de este tipo de retos. Elegí hacer una paráfrasis de un relato suyo no desdeñable, cuyo título introduje al principio a modo de homenaje y, lo reconozco, como una defensa que entonces a mí me parecía astuta, y hoy ingenua, en cuanto tenía de epígono y renuncia a levantar demasiada polvareda entre los lectores de orden al acogerme a una línea ya iniciada y no denostada. Toda esta larga y seguramente indeseada introducción viene a que lo he releído estos días y he recuperado, no sin algo de vanidoso júbilo, un distinguido enamoramiento por mi breve y atrevido cuentecillo. Se trata de una especie de sándwich de varios pisos donde se intercalan algunas pedanterías sacadas del diccionario y el mismo número de dulcísimas procacidades, a veces insinuadas y otras evidentes. Emparedamiento construido con la intención de rebajar el efecto, como se diluye un ácido demasiado corrosivo, pero también de encuadrar los párrafos de fondo igual que se pone un marco exquisitamente labrado a una pintura no tan mediocre como apresurada antes de venderla. Está claro que uno tiende a saltarse las letanías para ir directo a la miga. Sin embargo, la estratagema funciona, por muy mal que me esté el decirlo, y convierte en fogonazos deslumbrantes lo que dicho en seco sólo serían rasgos de ingenio dudoso o prosaicos apuntes del natural. Recuerdo divertido cómo el artificio no se entendió, por parte de un lector, y le fue asignado un propósito pedagógico que no podía estar más alejado de la realidad. Olvidémoslo. Me gustan mucho mis metáforas (huid, mostrencos), desde las más elevadas hasta las más pedestres. Se entienden bien y conectan con la acción descrita dándole el barniz que el tema requiere. Estoy embobado con mi personaje, del que no puedo aclarar demasiados datos -sin que, por otro lado, resulten difíciles de deducir para quien lo lea-, ni siquiera el título perdido en lugares vedados a los distraídos, a riesgo de que los rastreadores de carroña me malinterpreten con su ciega ira y me echen el guante o me pongan de chupa de dómine. De hecho, no sé si es que les parece inocuo, y, por tanto, de baja calidad, o es que su estupor les ha impedido detectar la arriesgada trasgresión del trasfondo. Estoy en ascuas. |
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Yllera |
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Una sombra, según se ve nada distraída, añade un apropiado misterio a la página dejando un leve rastro en forma de lapsus calami o error desgraciado
de las ocultas leyes mecánicas y eléctricas de mi libro secreto. La hora (desafortunado funcionamiento del reloj, por cierto, si hay alguien ahí para
corregirlo: hace tiempo que ataca mis frágiles nervios) y el día concuerdan con las de mi inmodesta entrada. ¿Se debe, el error, a su legendaria ansia de
cerrar los viejos senderos? Ay. Sea como sea, es causa de alborozo para mi mortificado espíritu.
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Yllera |
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Dudo ahora de la existencia real de mi fantasma. Si es que tiene sentido algo así. Por su propia naturaleza las sombras tienden a confundirse con las
alucinaciones. Sé que la soledad conduce a esto. Estoy advertido, consciente del peligro que corro, me lo digo a mísmo: la locura acecha. No la puedo cambiar,
a pesar del terrible riesgo, por nada que suponga condescender a recuperar rasgos de envenenada humanidad. El precio es demasiado alto. Queda para vosotros el
trueque indigno, habitantes del mundo exterior. Pero no puedo olvidar que algo parecido a la huella de Viernes en la playa de Juan Fernández ha quedado
impreso, indeleble, consolador. Hay que aceptar que los seres solitarios, los encargados del duro trabajo de salvaguardar lo etéreo, se debaten entre la
vanidad de sentirse únicos e indestructibles y el bálsamo tramposo de las luces que titilan entre las tinieblas. Para soportarlo, es necesario recoger el alma,
adentrarse en su interior, confiar sólo en lo único que se posee y rechazar los espejismos que la mente crea. Repetirse una y otra vez que esos rayos de
esperanza sólo son luces engañadas en este desierto de las voces. La vida se corroe entretanto, pues claro amigo, pero ¿qué me ofreces a cambio? ¿qué horrible
tedio es lo que tienes para mí como alternativa? No hay pacto mientras todo consista en ese vaivén insulso al que llamáis vivir.
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Blues catanzzaro |
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Levanto hojarasca, soy el viento, por ahora suave brisa.
No siempre llego a desmenuzar tus intenciones, a veces oscuras, a veces simplemente me aburro. Como juego, el de describirte quedó demasiado lejos de algo que provoque interés, ningún dato que levante sospechas, todo en una línea demasiado desinteresada. Tu mejor texto, para mi, el de Camelot, sin lugar a dudas. Pero ese si que anda debajo de otoños... |
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Yllera |
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¡De cuántas fuentes secretas, opuestas unas a otras, hacen surgir nuestras pasiones las diferentes circunstancias! Odiamos hoy lo que ayer queríamos. Deseamos con ardor un objeto, y momentos después no podríamos ni siquiera soportar su imagen. Era yo en aquella sazón un triste y típico ejemplo de tal verdad. En otro tiempo atribulábame mortalmente el verme rodeado del vasto océano, condenado a la soledad, desterrado de la sociedad humana; me consideraba como un hombre a quien el Cielo encuentra indigno de permanecer entre los vivos y de ocupar el menor lugar entre las criaturas, y la sola vista de un hombre me habría parecido una especie de resurrección y la mayor gracia, después de mi salvación, que hubiera podido obtener de la bondad divina. Ahora, en cambio, temblaba a la sola idea de tropezar con un ser de mi misma especie, y la sombra de una criatura humana, una sola de sus huellas, causábame el más mortal terror.
Habrá que aceptar con calma la crítica de que soy aburrido, incluso siendo así tan abrupta por mucho que antepongas la amable lenidad de que sólo a veces. Aceptar, sí, pero no sin apretar los dientes, puesto que no hay acusación más dañina para el que, por las razones que sean, se arriesga a decir su palabra en un foro público, tan poco frecuentado, eso sí, como se quiera. Es del todo peor que ser abstruso, sin que considere este defecto uno menor, cosa que ya tuve ocasión de aclarar en entradas anteriores y que no vale la pena repetir. Al menos, este último, contiene la esperanza, casi siempre defraudada, de que el lector se estruje las meninges en una parodia, insuficiente, del verdadero interés y delectación. Lo sé: ¡cuántos delicados encajes, ay, han quedado sin resolver! Descarto la posibilidad, que maliciosamente se podría intentar deducir, de que este descampado inhóspito sea consecuencia de mi indudable falta de gracejo y dotes de seducción. Para comprobarlo, basta con echar un vistazo a la sequía austral de meses atrás, donde sólo hice que esperar con paciencia una explosión primaveral de ingenio y soltura que nunca llegó. La transitividad o reflexividad del verbo admite un par de interpretaciones. Según se conjugue adquiere significados distintos, en modo alguno indiferentes, pero que tienen en común que ninguno sirve de excusa para el sujeto de la acción. Una mínima elegancia exigible al interpelado, sobre todo si el juicio proviene de ti, mi desenvuelta inquisidora, lo conduce en todo caso al mismo resultado: culpable.
Yo nunca me aburro (puedo decirlo ahora sin mayor modestia, puesto que ya ha sido escrito con anterioridad en este libro casi profético) y me escapo como del diablo cuando alguien me tienta a cometer el horrible pecado con sus monsergas, algo de lo que hay ejemplos por doquier. Tú no debes dejar tampoco que ocurra. Huye de los que cierran tus ojos, tapan tus poros o liman tus antenas. No transijas, ni siquiera conmigo, quiero decir, y menos conmigo, el más humilde de tus seguidores. Aunque me duela. Y, por favor, aunque la posibilidad sea remota, no te desdigas: eso sí que me aburriría. |
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Yllera |
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Imagino una biblioteca inmensa con todos los libros con sus páginas en blanco, colocados en sus estantes sin necesidad de ningún orden, ni alfabético ni
temático, porque todos los lomos serían mudos, no hay textos, no hay autores, no hay colecciones ni editoriales. No hay índice, los armarios están vacios de
fichas o están sin rellenar, sólo la línea roja superior y unas cuantas azules más abajo. Puede que haya un número de registro escrito a mano, el que traía el
albarán de envío desde una imprenta fantasmal en la que no funcionan las cajas y los tipos se han fundido para obtener el material que se necesita para
acorazar un mundo metálico. El bibliotecario pasa sus días sumido en un estupor del que es incapaz de salir. Ha olvidado el objeto de su oficio. Abre por la
mañana y cierra por la noche siguiendo una costumbre que no sabe de dónde proviene. Me recibe asombrado, soy el primer usuario en mucho tiempo. Obtengo su
reticente permiso y recorro los pasillos y galerías, todos iguales, indiferenciados porque no hay volúmenes distintos unos de otros que sirvan de guía para el
antiguo lector, el último sobre la tierra. Cojo algunos tomos al azar y los hojeo sin esperanza, sin renunciar al hallazgo de un vestigio escondido entre los
cuadernillos impolutos. Quizá una nota de alguien tan desesperado como yo. No hay nada. La postrera frase fue escrita hace mucho tiempo y se ha borrado o es
posible que los recuerdos que habitan en mi mente maltrecha me engañen y nunca haya existido el dulce consuelo de la prosa. Cuando estoy a punto de rendirme y
huir, descubro que el bibliotecario está a mi espalda y mi observa. Finalmente, se decide a hablar: - He estado pensando y te he reconocido: tú eres el que
esperábamos, el que tiene que reescribir todos los libros.
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Yllera |
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He llegado a comprender que la hora que marca el reloj de mi libro es la de un país remoto que acoge, con toda probabilidad sin saberlo, mis desvaríos. Si
descontamos el desajuste de nuestro horario de verano y buscamos el meridiano que corresponde a una diferencia de 10 horas nos sale que se trata de California.
Así que en ese lugar ignoto y escasamente literario (si quitamos a London y a algunos viejos guionistas de Hollywood) residen estas pobres reflexiones cargadas
de tribulación, convertidas en dígitos indescifrables para los cristianos y los legos en las artes de la nueva nigromancia tecnológica. Puedo entonces imaginar
atemorizado que cualquier fortuito accidente, sea terremoto, incendio, apagón del suministro eléctrico o enajenación transitoria del desconocido hijo de
peregrinos puritanos que mantiene el ingenio, cosas a las que son tan propensos allí, según creo, daría al traste con todo nuestro sufrimiento y dedicación
durante años, toda la pasión, todo el humor y la rabia que hemos derrochado en estas páginas de brillante silicio. Es injusto, tiemblo al pensarlo y al
comprender que no puedo hacer nada. Para esos habitantes del confín de la tierra sólo somos una raza desconocida que habla un idioma ininteligible, poco
adecuado para expresar comprensión por sus preocupaciones cotidianas y sus idas y venidas por los electromagnéticos senderos de la malla global. No me
importaría morir rodeado de mis queridos enemigos, los agraviados de tantas batallas de la interactividad, pero me duele ser víctima del desinterés de un
ocupado ingeniero yanqui. He pensado en escribirle un correíllo de esos que vuelan por los aires: Dear Joe, could you send me a paper copy to avoid the
final loss of all that memories? Thank you very much in advance. Sincerely yours. Julio Yllera.
Pienso en Joe a menudo.
Última vez editado por: Yllera
04/04/09 03:22:04.
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Blues catanzzaro |
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La maniobra estaba resultando perfecta, uno o uno todos los habitantes de la isla se fueron agrupando en un pequeño rincón de la misma dejando atrás todas sus
pertenencias, sus recuerdos, toda una vida de esfuerzo. Uno de ellos, el más anciano, quiso dar un pequeño discurso a modo de despedida, muchos fueron los años
todos juntos. Antes de comenzar notaron ese terrible olor que se acercaba mostrándoles que el final era inminente. El anciano no tuvo tiempo de abrir la boca.
Creo que su perorata comenzaba con algo así "Nuestra isla ha sido tomada..." pareciéndose demasiado, a mi parecer, a cierto cuento de Cortazar.
Última vez editado por: Blues catanzzaro
04/05/09 01:46:29.
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Yllera |
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"Casa tomada", supongo. Pero tu alegoría no funciona esta vez. El lugar ha sido abandonado, no invadido. No queda nadie, salvo tú, yo y las sombras,
que en nada molestan puesto que no se revelan. Hacen bien, no soportarían el dolor. Sólo yo puedo hacerlo. En tu caso no estoy seguro de que sea la fuerza o la
inconsciencia lo que te mantiene aquí. Deberías irte. Deberías salvarte. Quiero decirte que no saber cómo será el final me angustia. Un día, el cotidiano clic
que ahora alarga mi mano hasta las estrellas sólo producirá el temido error 404 o lo que sea que el artefacto decida escupir en ese momento. Entonces estaremos
muertos.
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Blues catanzzaro |
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Si no recuerdo mal la casa era abandonada antes de ser invadida del todo y el invasor era un ente abstracto que nunca fue definido del todo, aunque todos
imaginemos a quien se refería Cortazar.Aquí podría ser la desidia, el aburrimiento, la repetición, la falta de imaginación...
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Yllera |
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No discutamos por la interpretación de un cuento, por favor. Eso aumentaría mi pena. Yo no pienso abandonar hasta que el edificio se hunda sobre mi cabeza. Sé
que me va a destrozar cuando ocurra. No quiero que eso te pase a ti. ¿Podrías soportarlo? Presiento que todavía piensas que esto es un juego. No habrá nada más
para mí. Sólo tengo este libro. El único que puedo escribir. El terror no es abstracto en este caso. Simplemente, alguien, allá en California, decidirá que no
somos rentables, dejará de molestarse en añadir esa publicidad que nos mantiene y apagará las luces. Antes de salir. Él sí que abandonará la casa sin hacer
ruido antes de cerrar la puerta. No será la desidia, ni el aburrimiento, ni nada de lo que dices, lo que acabe conmigo. Ni por lo que me toca, ni por lo de los
demás. Soy inmune a eso. Pero soy frágil, en cambio, frente al fin del tiempo. Mi debilidad es que no puedo empezar otra vez. No me quedan fuerzas. Cargo con
todos los fracasos en mi cuerpo mutilado. Para vosotros, los últimos años han sido un divertimento ligero, quizá en algún momento habéis probado el sabor de la
descarga nerviosa, pero no os ha afectado de forma mortal. A mí sí.
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Tanatos |
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¿Quién eres, Yllera?
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Blues catanzzaro |
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Es Yllera, un producto de esta página.
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